Devocional
Cuando el corazón está afligido, todavía podemos orar
Hay momentos en la vida en los que orar parece difícil. El cansancio, la preocupación, la tristeza o las circunstancias prolongadas pueden afectar incluso nuestra manera de acercarnos a Dios.
El Salmo 102 nos muestra a un hombre que está atravesando precisamente uno de esos momentos. No intenta ocultar su aflicción ni presenta delante de Dios una apariencia de fortaleza que no posee. Habla de su angustia, de su soledad, de su agotamiento y de la brevedad de sus días.
Sin embargo, hay algo importante que debemos observar desde el principio: el salmista está afligido, pero está orando. Su dolor no lo lleva a abandonar a Dios; lo lleva a derramar su corazón delante de Él.
«Jehová, escucha mi oración»
El salmo comienza con una petición sencilla y urgente:
El salmista no comienza explicando cómo resolverá su problema. Comienza buscando a Dios. Esto nos recuerda que la oración no requiere que tengamos todas las respuestas. Tampoco exige que lleguemos delante del Señor con nuestras emociones perfectamente ordenadas. Podemos acudir a Dios cuando estamos cansados, cuando no comprendemos lo que está sucediendo o cuando nuestra oración consiste, sencillamente, en pedirle al Señor que escuche nuestro clamor. La Biblia no presenta la aflicción como algo que el creyente deba negar. Nos enseña a llevarla delante de Dios.
El dolor también puede expresarse delante del Señor
A lo largo del salmo, el escritor describe con franqueza su condición:
Más adelante dice:
Y continúa describiendo su soledad y agotamiento. Estas palabras nos muestran que el salmista no está viviendo una dificultad momentánea que rápidamente desaparece. Está atravesando un período de profunda aflicción. Pero hay una enseñanza pastoral importante aquí: Dios no deja de ser nuestro Dios cuando atravesamos días difíciles. El creyente puede presentarse delante del Señor tal como está. La oración no consiste en convencer a Dios de que todo está bien. Consiste en llevar delante de Él nuestra realidad y descansar en quién es Él.
Cuando nuestras fuerzas disminuyen, Dios permanece
Una de las características más fuertes del Salmo 102 es el contraste entre la fragilidad del hombre y la permanencia de Dios. El salmista habla de sus días como algo que se desvanece. Su vida parece frágil y pasajera. Pero entonces cambia su mirada:
Aquí encontramos el centro de la esperanza del salmo. El problema del salmista no ha desaparecido todavía. Sus circunstancias no han cambiado repentinamente. Pero su mirada comienza a dirigirse del sufrimiento hacia Dios. El hombre cambia. Las circunstancias cambian. Los días pasan. Pero Jehová permanece. Esta verdad es fundamental para nuestra vida cristiana. Nuestra esperanza no depende de que cada circunstancia sea favorable, sino del Dios que permanece fiel cuando nosotros somos débiles.
Dios no es indiferente ante la aflicción
El salmista continúa hablando de Sion y de la misericordia de Dios:
El Dios al que clama el afligido no es un Dios distante e indiferente. El salmista confía en que Dios actuará conforme a su misericordia y conforme a sus propósitos. Esto también nos enseña algo importante: orar no significa exigirle a Dios que actúe conforme a nuestro calendario. Podemos presentar nuestra necesidad con libertad, pero debemos confiar en la sabiduría, soberanía y fidelidad del Señor. La oración transforma nuestra perspectiva porque nos recuerda que nuestras circunstancias no son la autoridad final sobre nuestra vida. Dios lo es.
«Él debilitó mi fuerza en el camino»
Hacia el final del salmo encontramos nuevamente una expresión de fragilidad:
El salmista todavía reconoce su debilidad. La fe bíblica no consiste en fingir que somos fuertes. Consiste en reconocer nuestra debilidad y recordar quién es Dios. Por eso, cuando nuestras fuerzas disminuyen, no debemos concluir que Dios nos ha abandonado. En ocasiones, precisamente nuestra debilidad nos lleva a depender más profundamente de Él. El Salmo 102 no termina exaltando la resistencia del hombre. Termina exaltando la eternidad de Dios:
Qué contraste tan poderoso. Nosotros cambiamos. Él no. Nuestra condición puede variar. Los problemas pueden prolongarse más de lo que esperábamos. Pero Jehová permanece siendo el mismo.
Una palabra para el que está pasando por aflicción
Si hoy estás atravesando una temporada difícil, este salmo no te invita a negar lo que estás viviendo. Te invita a hacer algo diferente: lleva tu aflicción delante del Señor. Habla con Dios. Ora aunque tu oración sea breve. Ora aunque no encuentres las palabras adecuadas. Ora cuando tengas fuerzas y ora cuando estés cansado. No porque la oración sea una fórmula para conseguir inmediatamente lo que deseas, sino porque Dios sigue siendo digno de nuestra confianza aun cuando no entendemos sus caminos.
El salmista comenzó derramando delante de Jehová su lamento, pero terminó contemplando al Dios eterno. Ese también puede ser nuestro camino: llevar delante de Dios aquello que nos aflige y permitir que su verdad vuelva a ordenar nuestra mirada. Quizá nuestras circunstancias todavía no hayan cambiado. Pero podemos recordar que nuestro Dios no ha cambiado. Y esa verdad es suficiente para seguir orando.
¿Qué situación estás llevando hoy delante de Dios? Preséntala al Señor con humildad. Dile lo que te preocupa y descansa en su carácter.
Nuestra vida cambia, nuestras circunstancias cambian y nuestras fuerzas cambian; pero Jehová permanece para siempre.
— Escrito por Hno. Mariano Araúz