Devocional
Cuando escuchar no es suficiente
Hace poco escuché la historia de un hombre que viajaba en un avión. Era un ejecutivo exitoso, completamente absorbido por su trabajo. Su esposa le había pedido en repetidas ocasiones que dedicara más tiempo a la familia, pero siempre respondía: "Solo una vez más... después tendré tiempo."
Mientras el avión volaba, él aprovechaba para escribir mensajes en su teléfono, esperando que se enviaran cuando hubiera señal. De pronto, uno de los motores comenzó a incendiarse. El ambiente cambió en cuestión de segundos: los pasajeros gritaban, algunos lloraban y otros oraban. Entonces se escuchó por los altavoces una frase que heló la sangre de todos: "Prepárense para el impacto."
Aunque finalmente la tripulación logró controlar la emergencia y el avión aterrizó con seguridad, aquel hombre nunca volvió a ser el mismo. Comprendió que había dedicado su vida a cosas importantes, pero no necesariamente a las más importantes, y desde ese día decidió cambiar sus prioridades.
Sin embargo, la historia tiene un detalle interesante: otra persona vio exactamente el mismo video y simplemente comentó: "Sí, lo vi." Nada cambió en su vida. Dos personas, un mismo mensaje, dos resultados completamente diferentes.
Eso mismo ocurre cada día con La Biblia. Cada domingo miles de personas escuchan la misma predicación, muchos leen el mismo pasaje bíblico, algunos incluso asisten fielmente a todos los estudios bíblicos. Sin embargo, no todos salen transformados. Unos únicamente dicen: "Qué bonito mensaje." Otros dicen: "Ese sermón estuvo excelente." Pero al día siguiente continúan viviendo exactamente igual.
La diferencia no está en el mensaje. La diferencia está en el corazón que lo recibe.
El escritor de Hebreos declara: "Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón." (Hebreos 4:12, RVR1960)
En su contexto, el autor viene exhortando a no endurecer el corazón como lo hizo la generación de Israel en el desierto. Ellos escucharon la voz de Dios, pero no respondieron con fe ni obediencia. Por eso Hebreos presenta a La Biblia como una espada que descubre lo que realmente hay dentro de nosotros.
La Biblia no fue dada simplemente para informarnos. Fue dada para confrontarnos. Cuando la leemos, ella revela nuestros pecados, nuestras motivaciones, nuestros ídolos, nuestro orgullo y nuestras áreas que necesitan arrepentimiento. Pero esa obra solo produce fruto cuando respondemos con humildad.
Por eso el apóstol Pablo escribe: "Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor." (2 Corintios 3:18, RVR1960)
Aquí encontramos algo maravilloso: la transformación no proviene simplemente de leer muchas páginas de La Biblia. Proviene de contemplar a Cristo en las Escrituras mientras el Espíritu Santo obra en nuestro interior. Él toma la verdad revelada y la aplica a nuestro corazón, moldeando nuestro carácter para parecernos cada vez más a nuestro Salvador.
Por eso también Pablo exhorta: "No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento..." (Romanos 12:2, RVR1960) La renovación de la mente ocurre cuando nuestros pensamientos dejan de ser gobernados por los criterios del mundo y comienzan a ser gobernados por la verdad de Dios.
Jesús prometió esa misma obra cuando habló del Consolador: "Mas el Consolador, el Espíritu Santo... él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho." (Juan 14:26, RVR1960) Hoy esas enseñanzas de Cristo han quedado preservadas para nosotros en las Escrituras. El Espíritu Santo no añade nuevas doctrinas; Él ilumina nuestro entendimiento para comprender, recordar y aplicar la verdad ya revelada en La Biblia.
Por eso el creyente no debería acercarse a las Escrituras únicamente para adquirir conocimiento. Debe acercarse con un deseo profundo de ser cambiado. David expresó ese anhelo cuando escribió: "Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo." (Salmo 27:4, RVR1960) David no deseaba únicamente estar en el templo: quería contemplar a Dios, quería conocerle más, quería seguir aprendiendo de Él. Ese debe ser también nuestro deseo cada vez que abrimos La Biblia o escuchamos una predicación.
No preguntarnos únicamente: "¿Qué aprendí hoy?", sino también: "¿Qué debe cambiar Dios hoy en mi vida?" Porque el propósito de La Biblia no es solamente llenar nuestra mente de información. Es conformarnos a la imagen de Cristo.
Para reflexionar
Cada vez que escuchas una predicación o lees La Biblia, ¿sales con nuevos datos o con un corazón dispuesto a obedecer? La verdadera evidencia de que Dios está obrando en nosotros no es cuánto conocimiento acumulamos, sino cuánto nos parecemos cada día más a Cristo.
Oración
Señor, no permitas que me acostumbre a escuchar Tu Palabra sin responder a ella. Dame un corazón sensible, dispuesto a ser confrontado, corregido y transformado por Tu verdad. Que Tu Espíritu Santo ilumine mi entendimiento cada vez que abra La Biblia y produzca en mí una obediencia sincera. Haz que cada día refleje un poco más el carácter de Cristo. En el nombre de Jesús. Amén.