Del Escritorio del Pastor
El amor de Dios como prueba de nuestra salvación (Parte 3)
Al intentar definir el amor en términos humanos, solemos pensar que una persona cordial, simpática, afable o agradable es una persona amorosa.
Sin embargo, muchas personas pueden mostrarse así con algunos y, al mismo tiempo, ser críticas, sentenciosas, impacientes o rencorosas con otros. Ese tipo de amor depende de las circunstancias o de las personas, pero el amor de Dios no cambia. Es consistente, santo y permanente.
Por eso debemos volver a hacernos la misma pregunta: «¿Cómo mora el amor de Dios en él?»
La Biblia enseña que el amor de Dios es una obra del Espíritu Santo en la vida del verdadero creyente. No es simplemente una emoción, sino una evidencia del nuevo nacimiento.
"El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta." (1 Corintios 13:4-7, RVR1960)
Una de las primeras características que encontramos es que el amor es benigno. La palabra benigno (griego chrēsteúomai) significa actuar con bondad, procurando el bien de otra persona mediante actos de amabilidad y misericordia. Entre sus sinónimos encontramos: benévolo, bondadoso, afectuoso, amable, afable y dulce.
El creyente que ha comprendido el amor de Dios no busca perjudicar a los demás. Al contrario, procura hacer el bien aun cuando no recibe nada a cambio. Por eso el apóstol Pablo escribió: "El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor." (Romanos 13:10, RVR1960)
Este amor no nace del esfuerzo humano. Es el resultado de haber conocido a Jesucristo y de permitir que el Espíritu Santo transforme nuestro corazón conforme a la enseñanza de La Biblia. Cuando Dios nos ama, también nos enseña a amar. Ese amor se refleja en la paciencia, la bondad, el perdón, la humildad y el deseo sincero de buscar el bienestar de los demás.
Al terminar esta serie, vale la pena examinarnos delante del Señor. No basta con decir que conocemos el amor de Dios; ese amor debe verse en nuestra manera de hablar, de tratar a nuestra familia, a nuestros hermanos en la fe y aun a quienes nos han ofendido.
Que nuestra oración sea que Dios continúe formando en nosotros un carácter que refleje el amor de Cristo cada día, para que otros puedan ver en nuestra vida la obra transformadora del Evangelio.
Referencias bíblicas: 1 Corintios 13:4-7; Romanos 13:10; Juan 13:34-35; 1 Juan 4:7-12.