Del Escritorio del Pastor
La ayuda que Dios provee para servirle
Servir al Señor nunca ha sido una tarea sencilla. Quienes participan en el ministerio, ya sea como pastores, maestros, diáconos o servidores en cualquier área de la iglesia, descubren con el tiempo que cumplir el llamado de Dios requiere esfuerzo, perseverancia y, sobre todo, depender de Él.
El mismo Señor Jesucristo preparó a Sus discípulos para esta realidad cuando les dijo:
Dios conoce perfectamente nuestra condición. Sabe que somos débiles y limitados, aunque muchas veces nos cuesta reconocerlo. Con frecuencia preferimos intentar resolver todo por nuestras propias fuerzas antes que admitir que necesitamos ayuda.
Sin embargo, La Biblia nos recuerda una y otra vez que Dios está dispuesto a sostener a Sus hijos. Pasajes como 1 Crónicas 12:18, 2 Crónicas 20:4, 2 Crónicas 26:7, Salmo 27:9, Salmo 33:20, Salmo 40:17, Salmo 115:10-11, Romanos 8:26 y Hebreos 4:16 muestran que el Señor ofrece Su ayuda para que podamos cumplir aquello para lo cual nos ha llamado, siempre conforme a Su voluntad.
El salmista expresó esta confianza diciendo:
Dios también usa personas para ayudarnos
En muchas ocasiones, la ayuda de Dios llega por medio de personas. Desde el principio de la creación, el Señor mostró este principio.
Después de colocar a Adán en el huerto para labrarlo y guardarlo, Dios declaró que no era bueno que el hombre estuviera solo. Entonces le proveyó una ayuda idónea, una expresión que comunica la idea de alguien que complementa, fortalece y acompaña en la tarea encomendada por Dios.
Lejos de disminuir el valor de la mujer, este papel constituye una gran honra. De hecho, en numerosas ocasiones La Biblia presenta al mismo Dios como la ayuda de Su pueblo. Ser ayuda no implica inferioridad; refleja el carácter de Aquel que sostiene y fortalece.
Dios sabía que Adán no podía cumplir plenamente su responsabilidad en soledad. Por eso le dio una esposa y estableció el matrimonio como una bendición. La Escritura afirma:
Un llamado a la humildad
Como esposos y como ministros del Señor, debemos agradecer a Dios por la esposa que nos ha dado. También debemos reconocer, con humildad, que necesitamos su apoyo.
Muchas veces el orgullo impide decir palabras tan sencillas como: "Necesito tu ayuda." Sin embargo, el ministerio nunca fue diseñado para llevarse en aislamiento ni con autosuficiencia.
En lugar de exigir o dar por sentado el apoyo de nuestra esposa, debemos aprender a pedirlo con amor, respeto y gratitud, valorando su participación como un regalo de Dios.
Puede haber momentos en que existan diferencias, dificultades o falta de disposición. Aun en esas circunstancias, el creyente debe recordar que su confianza permanece en el Señor. Dios sigue siendo nuestra ayuda, y Él también puede obrar en el corazón de quienes amamos.
La respuesta nunca será la dureza, la exigencia o buscar fuera del diseño de Dios aquello que Él estableció dentro del matrimonio. La respuesta siempre será depender del Señor, amar a nuestra esposa, apreciarla y hacerle saber cuánto valoramos el apoyo que brinda en el servicio a Cristo.
Reflexión final
Todo siervo de Dios necesita ayuda. La necesita del Señor cada día, y muchas veces Dios decide extender esa ayuda a través de la compañera que Él mismo le ha dado.
No permitamos que el orgullo nos haga caminar solos. Reconozcamos nuestra necesidad, demos gracias por la bendición del matrimonio y sirvamos al Señor con un corazón humilde, sabiendo que nuestra ayuda viene del Señor, quien nunca abandona a los que ha llamado para Su obra.