Del Escritorio del Pastor
La disciplina que restaura
"Porque el Señor al que ama, disciplina." (Hebreos 12:6, RVR1960)
Vivimos en una época en la que la disciplina suele entenderse de dos maneras equivocadas. Algunos la ejercen con dureza, movidos por el enojo o el deseo de imponer autoridad. Otros, por temor al conflicto, prefieren no disciplinar nunca. Ninguno de esos extremos refleja el corazón de Dios.
Como pastores, maestros, líderes, padres y esposos, debemos recordar que las personas que Dios ha puesto bajo nuestro cuidado le pertenecen a Él. Nosotros no somos dueños de ellas; somos administradores de una responsabilidad que el Señor nos ha confiado. Por eso, nuestra manera de corregir debe parecerse a la de nuestro Padre celestial.
Dios disciplina porque ama
Hebreos 12 nos recuerda una verdad que nunca debemos olvidar: "Porque el Señor al que ama, disciplina." La disciplina divina nunca nace del capricho ni del descontrol. Tampoco busca humillar al creyente. Su propósito es formar el carácter de Sus hijos y conducirlos nuevamente a la comunión con Él. El escritor de Hebreos afirma que, aunque la disciplina produce tristeza por un tiempo, después da fruto apacible de justicia en aquellos que han sido ejercitados por ella. Ese debe ser también nuestro objetivo.
La meta no es castigar, sino restaurar
Cuando un creyente cae en pecado, nuestra reacción no debe ser destruirlo ni avergonzarlo públicamente. La Escritura nos enseña otro camino: "Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre..." (Gálatas 6:1, RVR1960) La palabra restaurar transmite la idea de reparar aquello que ha sido dañado. No buscamos ganar una discusión. No buscamos demostrar autoridad. Buscamos que el hermano vuelva a caminar con Dios.
La tristeza según Dios produce arrepentimiento
Pablo explica en 2 Corintios 7:10-11 que existe una tristeza que proviene de Dios y produce arrepentimiento verdadero. Ese arrepentimiento transforma la vida: produce celo por la santidad, produce obediencia, produce un cambio genuino. Muy diferente es la tristeza del mundo, que solo genera desesperación y muerte espiritual. La disciplina bíblica siempre debe conducir al pecador hacia Cristo, nunca alejarlo de Él.
También debemos saber cuándo restaurar plenamente
En 2 Corintios 2:5-8 encontramos un principio que muchas veces olvidamos. Después de que el hermano había sido reprendido y había mostrado arrepentimiento, Pablo exhortó a la iglesia a perdonarlo, consolarlo y confirmar nuevamente su amor hacia él. Una disciplina que nunca termina deja de parecerse a la disciplina de Dios. Cuando el arrepentimiento es evidente, también debe hacerse evidente el perdón y la restauración.
Una reflexión para quienes ejercemos autoridad
Cada vez que corregimos a un hijo, aconsejamos a un creyente, disciplinamos en la iglesia o exhortamos a alguien bajo nuestro cuidado, deberíamos preguntarnos: ¿estoy actuando como Dios actuaría? No debemos disciplinar menos de lo que Dios demanda, porque el pecado nunca debe ser tolerado. Pero tampoco debemos disciplinar más de lo que Dios establece, porque la meta no es destruir al pecador, sino conducirlo al arrepentimiento y a una vida que produzca fruto para la gloria de Dios.
Que el Señor nos conceda sabiduría para ejercer toda autoridad con firmeza, justicia, mansedumbre y amor, reflejando siempre el carácter de nuestro Padre celestial.