Devocional
Los miembros de una iglesia: un solo cuerpo en Cristo
Cuando hablamos de la vida cristiana, fácilmente nos concentramos en lo individual: cómo oramos, cómo estudiamos la Biblia o qué responsabilidades tenemos. Pero Romanos 12 nos lleva a mirar algo más amplio.
El cristianismo no fue diseñado para vivirse de manera aislada. Dios nos ha llamado a formar parte de un cuerpo, y dentro de ese cuerpo cada creyente tiene una función que cumplir. Pablo lo dice con claridad:
Somos muchos, pero somos un solo cuerpo. Y ese cuerpo está en Cristo. Esta verdad debe cambiar la manera en que vemos nuestro lugar y la forma en que miramos a los demás.
Todo comienza con una vida entregada
Antes de hablar de dones, Pablo comienza con lo fundamental:
El servicio cristiano no comienza con un cargo, un ministerio o una posición. Comienza cuando entendemos que nuestra vida pertenece al Señor. Servimos no para construir nuestra imagen, sino porque hemos comprendido la misericordia de Dios y deseamos responder con una vida consagrada.
Una mente transformada y un pensamiento sobrio
Pablo continúa:
Y luego añade:
El mundo nos enseña a competir, a destacar y a subir por encima de los demás. Pero en el cuerpo de Cristo la lógica es otra: no se trata de quién está por encima, sino de cómo podemos servir con amor. Podemos recibir un don, un conocimiento o una responsabilidad y comenzar a sentirnos superiores. Pablo nos llama a pensar con cordura. Esto no significa despreciarnos ni negar lo que Dios nos ha dado, sino reconocerlo con gratitud y responsabilidad. Los dones vienen de Dios; por tanto, no son motivo de orgullo.
Muchos miembros, diferentes funciones
El ojo, la mano, el oído y el pie tienen funciones distintas. Ninguno necesita convertirse en otro para ser útil, ni debe considerarse superior. Así ocurre en la Iglesia: no todos enseñan, predican, cantan o dirigen. Pero la diversidad de funciones no elimina la unidad; la fortalece.
Los dones son diferentes y todos proceden de Dios. Tener un don no nos coloca por encima de nadie; nos coloca ante una responsabilidad: utilizarlo para servir. El don no es una medalla ni algo para exhibir. Es una herramienta. Si Dios dio capacidad para enseñar, exhortar, servir, dirigir o mostrar misericordia, debe usarse para edificar. El propósito nunca debe ser: «Miren lo que puedo hacer», sino: «¿Cómo puedo usar lo que Dios me dio para edificar a otros?»
Por eso nadie debe mirar a otro creyente por encima del hombro. El que predica no es superior al que limpia. El que enseña no es superior al que visita. El que tiene un ministerio visible no es más valioso que aquel cuyo servicio solo conocen unas pocas personas. Y tampoco debemos pensar: «Como mi función no es visible, no soy importante.» El cuerpo necesita de todos sus miembros. Dios conoce cada obra hecha con fidelidad.
Los dones no sustituyen el carácter cristiano. Podemos tener capacidades extraordinarias y, sin embargo, fallar en amar, carecer de humildad o servir con una actitud incorrecta. El don debe ir acompañado de amor.
El amor y el carácter acompañan el servicio
Pablo no se detiene en los dones. Inmediatamente habla de la manera en que debemos relacionarnos:
Y continúa hablando de afecto fraternal, honra, diligencia, paciencia, oración, ayuda y hospitalidad. El capítulo también nos lleva a una parte más difícil:
Esto nos recuerda que servir a Cristo no consiste únicamente en utilizar nuestros dones. También consiste en aprender a amar cuando es difícil, perdonar, no buscar venganza y procurar la paz. Romanos 12 no solo nos lleva a preguntarnos qué don tenemos, sino también cómo estamos viviendo con los demás.
Cristo es la cabeza
Somos muchos miembros, con diferentes funciones y dones. Pero todos pertenecemos a un mismo cuerpo, y ese cuerpo tiene una cabeza:
Cristo es la cabeza. Nosotros no. Por eso ningún don, responsabilidad o ministerio debe convertirse en motivo para exaltarnos o construir nuestro propio nombre. Cristo debe tener la preeminencia. No nos ha dado dones para que nos sintamos superiores a los demás, ni para buscar reconocimiento, ni para competir, ni para mirar por encima del hombro a quienes tienen una función diferente. Nos los ha dado para servir, edificar, ayudar, enseñar, exhortar, mostrar misericordia y glorificar su nombre.
Cuanto más Dios haya puesto en nuestras manos, mayor debe ser nuestra humildad. El don no nos hace superiores. El don nos hace responsables.
Que nunca olvidemos: Cristo es la cabeza, nosotros somos el cuerpo, los dones vienen de Dios, el servicio es para edificar, el amor debe acompañar nuestro servicio, y toda la gloria pertenece a Él. Porque Dios no nos dio dones para que los hombres admiren lo que somos. Nos los dio para que, a través de lo que hacemos, los hombres puedan ver la grandeza de Cristo.
— Escrito por Hno. Mariano Araúz