Devocional
Necesitamos más siervos como Gedeón
Hay algo que debemos reconocer con honestidad: a todos nos gusta ser reconocidos.
Nos gusta que valoren nuestro trabajo, que alguien nos diga «bien hecho», que reconozcan nuestro esfuerzo y, de alguna manera, saber que lo que hacemos ha sido tomado en cuenta. No necesariamente porque seamos personas orgullosas. Es parte de nuestra naturaleza humana.
Pero cuando servimos a Dios, necesitamos recordar algo muy importante: el propósito de nuestro servicio no es que nuestro nombre sea exaltado, sino que el nombre de Cristo sea glorificado. Y cuando pensamos en esto, encontramos una enseñanza muy interesante en la vida de Gedeón.
En Jueces capítulo 6 encontramos a Israel sufriendo bajo la opresión de los madianitas. Los israelitas habían sido reducidos a una situación muy difícil. Los madianitas destruían sus cosechas y les quitaban sus recursos.
Y en medio de esa situación encontramos a Gedeón. Pero Gedeón no está al frente de un ejército. No está en un palacio. No está buscando reconocimiento. No está tratando de convertirse en un líder. Está sacudiendo trigo en un lagar, tratando de esconderlo de los madianitas. Y es allí donde Dios lo encuentra.
Qué interesante. Los hombres podían no estar viendo a Gedeón. Pero Dios sí lo estaba viendo. Gedeón estaba en un lugar aparentemente pequeño, escondido, tratando de sobrevivir a una situación difícil. Pero Dios tenía un propósito para su vida.
Y esto debería animar a muchos hermanos y hermanas. Quizá tú estás sirviendo en un lugar donde casi nadie te ve. Quizá no tienes un ministerio reconocido. Quizá nunca has estado detrás de un púlpito. Quizá nadie conoce tu nombre fuera de tu congregación. Quizá simplemente oras, visitas a alguien, ayudas a una familia, compartes el evangelio con un vecino, enseñas a un niño, animas a un hermano o sirves silenciosamente en la iglesia. Y puedes pensar: «Lo que hago es muy pequeño.»
Pero recuerda a Gedeón. Estar fuera del radar de los hombres no significa estar fuera de la mirada de Dios. Dios sabía dónde estaba Gedeón. Y Dios también sabe dónde estás tú.
Pero hay algo más. Cuando Dios llamó a Gedeón, él no respondió como alguien que se consideraba poderoso. Al contrario, comenzó a presentar sus limitaciones.
Gedeón veía sus limitaciones. Pero Dios veía lo que podía hacer a través de él. Y aquí encontramos una gran enseñanza: no necesitamos sentirnos grandes para ser útiles en las manos de Dios. Lo que necesitamos es estar dispuestos a obedecer.
Dios le dijo a Gedeón: «Ve con esta tu fuerza». Y Gedeón fue. Dios le pidió que derribara el altar de Baal que pertenecía a su padre. Y Gedeón obedeció. No fue una obediencia cómoda. Tuvo miedo. De hecho, Jueces 6:27 nos dice que lo hizo de noche porque tenía temor. Pero tuvo miedo y obedeció. Y eso también es importante. La valentía bíblica no significa ausencia de temor. A veces significa obedecer a Dios aun cuando tenemos miedo.
Gedeón continuó obedeciendo hasta llegar al momento en que Dios redujo su ejército a solamente trescientos hombres. Y Dios le dio la victoria.
Pero ahora llegamos a una de las partes que más me llaman la atención. Después de la victoria, los israelitas le dijeron a Gedeón: «Sé nuestro señor, tú, y tu hijo, y tu nieto...» Le estaban ofreciendo reconocimiento. Le estaban ofreciendo autoridad. Le estaban ofreciendo una posición que podía convertirlo en una figura permanente sobre Israel.
Gedeón pudo haber aceptado. Después de todo, Dios lo había utilizado. Pero Gedeón respondió:
Qué respuesta. Gedeón entendió algo que nosotros también necesitamos entender: que Dios nos use no significa que la gloria nos pertenece. El instrumento no puede quedarse con la gloria del que lo utilizó.
Y esto es especialmente importante para nosotros como Iglesia. Porque Cristo es la cabeza de la Iglesia.
La Iglesia no es nuestra. El ministerio no es nuestro. Los creyentes no son nuestros. Los frutos no son nuestros. Cristo es el Señor de su Iglesia. Él la compró con su propia sangre.
Por eso necesitamos más siervos como Gedeón. Necesitamos hombres y mujeres que estén dispuestos a servir, aunque nadie los vea. Personas que puedan trabajar detrás del escenario sin sentir que valen menos. Personas que puedan predicar sin buscar aplausos. Personas que puedan ayudar sin necesitar reconocimiento. Personas que puedan ver cómo otro recibe el mérito y, aun así, continuar sirviendo con alegría. Personas que puedan decir: «No se trata de mí. Se trata de Cristo.»
Porque el verdadero siervo no pregunta solamente: «¿Me están viendo?» Pregunta: «¿Estoy siendo fiel?» No pregunta: «¿Están reconociendo mi trabajo?» Pregunta: «¿Está siendo glorificado Cristo?»
Y quizá hoy Dios está llamando a alguien que se siente escondido. Alguien que piensa que no tiene mucho que ofrecer. Alguien que está sirviendo silenciosamente. Alguien que quizá se encuentra, como Gedeón, detrás del radar de los hombres.
Quiero decirte algo: Dios sabe dónde estás. Él conoce tu capacidad. Conoce tus temores. Conoce tus limitaciones. Y también conoce lo que puede hacer a través de una vida rendida a Él.
No necesitas buscar una plataforma. No necesitas construir un nombre. No necesitas que todos conozcan quién eres. Necesitas estar dispuesto a obedecer cuando Dios te llame. Y si algún día Dios permite que tu servicio sea visto por muchos, recuerda las palabras de Gedeón: «Jehová señoreará sobre vosotros.»
Señor, úsame, pero que nunca busque ocupar tu lugar. Dame oportunidades para servirte, pero guarda mi corazón del orgullo. Permíteme hablar, pero que mis palabras conduzcan a Cristo. Permíteme trabajar, pero que el resultado glorifique tu nombre. Y si nadie me reconoce, que eso no disminuya mi deseo de servirte. Amén.
Porque al final, hermanos, no fuimos llamados para construir nuestro nombre. Fuimos llamados para exaltar el nombre de Cristo.
Necesitamos más siervos como Gedeón. Hombres y mujeres que estén dispuestos a obedecer. Que sirvan sin buscar protagonismo. Que trabajen aunque nadie los aplauda. Y que cuando llegue el reconocimiento, puedan decir con humildad: «Jehová señoreará.»
Porque Cristo es la cabeza de la Iglesia. Cristo es digno de toda honra. Cristo es digno de toda gloria. Y nosotros solamente somos siervos en sus manos.
— Escrito por Hno. Mariano Araúz