Del Escritorio del Pastor
Presentando Buen Ejemplo
Texto base: 1 Timoteo 4:6-12
El ministerio cristiano nunca ha sido una tarea sencilla. Desde los días de los apóstoles, quienes sirven fielmente al Señor han tenido que enfrentar oposición, críticas, rechazo y, muchas veces, desprecio. Sin embargo, el llamado de Dios nunca ha sido responder con la misma actitud del mundo, sino reflejar el carácter de Cristo.
Cuando el apóstol Pablo escribió su primera carta a Timoteo, este joven pastor estaba al frente de la iglesia en Éfeso, una congregación compleja donde existían falsas doctrinas, conflictos internos y oposición hacia su liderazgo (1 Timoteo 1:3).
Aunque habían transcurrido aproximadamente once años desde que Pablo conoció a Timoteo (Hechos 16:1-3), todavía era considerado un hombre joven para ejercer una responsabilidad tan importante. En aquella cultura, la edad era vista como un símbolo de autoridad y experiencia, por lo que muchos menospreciaban a Timoteo debido a su juventud.
Pablo conocía esa realidad. También sabía que el rechazo forma parte del servicio cristiano. Él mismo escribió que los apóstoles habían llegado a ser "espectáculo al mundo" (1 Corintios 4:9). De igual manera, el Señor Jesucristo advirtió a Sus discípulos que serían perseguidos, rechazados e incluso algunos pensarían que servirían a Dios al maltratarlos (Juan 16:1-4, 33).
Por eso, el consejo de Pablo no consistió en que Timoteo defendiera su autoridad mediante discusiones, imponiendo su carácter o buscando reconocimiento. La solución era mucho más profunda:
"Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes..." (1 Timoteo 4:12, RVR1960)
La autoridad espiritual no nace de la edad, del título o de la experiencia. Nace de una vida que refleja a Cristo.
El rechazo no debe sorprendernos
La palabra que Pablo utiliza cuando dice "ninguno tenga en poco" significa despreciar, menospreciar o mirar con desdén.
Todo creyente que decide vivir piadosamente, y especialmente quien sirve como pastor, maestro o líder, debe comprender que enfrentará críticas, oposición e incluso rechazo, muchas veces provenientes de personas que también profesan ser creyentes.
No debemos interpretar estas pruebas como un fracaso del ministerio. Más bien, forman parte del costo de seguir fielmente a Cristo.
La verdadera pregunta no es si seremos criticados. La verdadera pregunta es: ¿Cómo responderemos cuando llegue ese momento?
Pablo responde esa pregunta indicando que debemos convertirnos en un ejemplo para los creyentes.
1. Ejemplo en palabra
La primera área mencionada es nuestra palabra. El término griego logos se refiere a todo aquello que comunicamos: nuestras conversaciones, enseñanzas, respuestas, consejos y declaraciones.
Quienes hemos sido llamados a enseñar la Palabra de Dios debemos procurar que nuestras palabras reflejen la verdad que predicamos. Santiago dedica un capítulo entero al poder de la lengua (Santiago 3:1-12), recordándonos que un pequeño miembro puede provocar enormes daños cuando no es controlado.
La madurez espiritual se evidencia, en gran parte, por la capacidad de gobernar nuestras palabras. Es relativamente fácil predicar desde un púlpito. Es mucho más difícil mantener el mismo testimonio cuando hablamos en casa, en reuniones privadas, en conversaciones informales o cuando alguien nos ofende.
Nuestro llamado consiste en hablar siempre con verdad, gracia, prudencia y amor. Las personas deben poder ver que el evangelio realmente transforma nuestra manera de comunicarnos. No basta con enseñar sana doctrina; también debemos demostrarla mediante nuestra forma de hablar.
2. Ejemplo en conducta
Pablo continúa diciendo que debemos ser ejemplo en nuestra conducta, es decir, en nuestra manera de vivir y relacionarnos con los demás. Aquí es donde nuestra fe deja de ser únicamente una declaración y comienza a convertirse en una realidad visible.
Jesús enseñó que debemos amar incluso a nuestros enemigos (Mateo 5:43-48). Pablo exhortó a no buscar venganza, sino vencer el mal con el bien (Romanos 12:19-21). Pedro recordó que Cristo, cuando fue insultado, no respondió con insultos, sino que encomendó su causa al Padre (1 Pedro 2:21-23).
Ese mismo espíritu debe caracterizar al creyente. En el ministerio recibiremos críticas, murmuraciones, traiciones, malentendidos e injusticias. La reacción natural será defendernos, responder con dureza o guardar resentimiento. Pero el Espíritu Santo nos llama a algo diferente.
La disciplina espiritual también se refleja en la manera como tratamos a quienes nos han herido. No significa aprobar el pecado ni justificar la injusticia. Significa decidir responder como Cristo respondió. El perdón no convierte automáticamente al ofensor en alguien inocente; sin embargo, sí libera nuestro corazón del peso del resentimiento y permite que Dios haga Su obra de justicia.
Una vida que habla más fuerte que las palabras
La mejor respuesta frente al desprecio nunca será una discusión interminable. Será una vida que refleje cada día más el carácter del Señor Jesucristo.
Cuando nuestras palabras son edificantes y nuestra conducta permanece firme aun en medio de la oposición, demostramos que el evangelio no es solamente un mensaje que proclamamos, sino una realidad que transforma nuestro corazón.
Ese fue el llamado para Timoteo. Y continúa siendo el llamado para cada creyente que desea servir fielmente al Señor en nuestros días.
Continuará...